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Diogenes y Malámenes, una visión de la política en Gipuzkoa

Diógenes y Malámenes eran dos hermanos que habitaban en una cabaña en una isla de un lejano País. Aunque vivían junto a la playa, el mar era un gran desconocido para ellos que vivían del cuidado de sus cabras, de los quesos y de un pequeño huerto.

Ninguno de los dos había salido fuera de la isla, pues opinaban, al contrario que muchos de sus habitantes, que poco de valor podía haber fuera. Estaban convencidos de que nadie que conociera su isla, con sus sabrosos quesos y sus coloridos bosques, querría probar la vida en otro lado.

Diógenes era el menor de los hermanos, de vista corta y mal oído era una buena persona querida por sus vecinos. Se pasaba el día en casa y era un coleccionista compulsivo; coleccionaba lo que arrojaba el mar, lo que sobraba de la casa, los papeles, las cartas y los restos de cualquier obra. Cuando caminaba por la isla recogía todo lo que otro vecino hubiera abandonado, incluso coleccionaba los pajarillos que, de vez en cuando, caían muertos junto a su cabaña o los peces que arrastraban las tormentas. Cada día Diógenes necesitaba más y más cosas para sus múltiples colecciones y desde hacía unos años vivía triste y compungido por no poder completarlas. Malámenes sufría en silencio por la tristeza de su hermano.

Treinta y seis años después de morir su padre, Malámenes fue elegido regidor de la isla, entonces se le ocurrió como hacer feliz a su hermano.

Publicó un bando que decía: “Por orden del Señor Regidor, a partir del día de mañana, todos los habitantes de la Isla habrán de depositar los restos de todas sus comidas, actividades y obras, en la pradera junto a la playa. Para que cada cosa esté en su sitio habrá un sitio para cada cosa”.

A los pocos días, Diógenes vio como junto al árbol que decía “ESCRITOS” se amontonaban periódicos, libros, cartas de amor y sus respuestas, cuentos viejos y multas de tráfico; junto al que decía “OBRAS” encontró partes de paredes, puertas viejas, maderas, dos ruedas pinchadas, una ventana rota y los restos de un ataúd; junto al que decía “COMIDA” encontró… un paraíso para sus cabras.

Diógenes pasó los tres siguientes días con sus noches, ordenando frenéticamente los artículos para sus nuevas y viejas colecciones. Al fin, cansado pero feliz, durmió durante tres días. Al despertar pensó que era de noche, pues por la ventana no entraba el sol radiante habitual de la isla sino una tenue luz de color grisáceo, además un curioso olor, que no supo identificar, impregnaba todo el ambiente.

Diógenes salió a la terraza de su cabaña y lo que vio le dejó sin palabras; ya no veía la playa, ni las cabras, ni la huerta, sólo se veían montañas formadas por los restos que los vecinos ya no querían. Las grandes montañas ocultaban la luz del sol. Una gran sonrisa le hizo arrancarse a llorar mientras daba saltos de alegría.

A partir de aquel día nadie volvió a ver jamás a Diógenes, que vivió el resto de sus días rodeado por montañas de cosas con las que entretenerse e, incluso, alimentarse. Las cosas que sobraban llegaban a un ritmo mayor del que él era capaz de aplicar a sus colecciones.

Diógenes era por fin feliz y al final de su vida se fundió con su montaña.

Santiago Barba Vera

marzo 2013

Categories: Uncategorized
  1. Eduardo Goikoetxea
    March 2, 2013 at 7:44 am

    El que quiera entender que entienda.
    Animo y a seguir con este proyecto

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