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Las ruedas del comercio

Adjunto un artículo publicado en El Diario Vasco y escrito por IÑIGO BILBAO

dom, 03 feb 2013

Ver una fábrica recién cerrada, con sus máquinas todavía calientes, está a la orden del día y resulta un escenario desolador. También lo es observar una oficina vacía que hasta anteayer rezumaba actividad y donde ahora solo quedan papeles tirados por el suelo que ya a nadie importan. Y lo es pasar por delante de la tienda del barrio de toda la vida que ha dejado de levantar la persiana por las mañanas, con sus baldas llenas de polvo y un cartel en la puerta con la esperanza de que ‘se traspasa’. La percepción de todo ello me trae a la cabeza un pensamiento del filósofo escocés David Hume, quien sostenía que el dinero no constituye, por sí mismo, las ruedas del comercio sino, más bien, el aceite que hace que las ruedas giren con más suavidad y facilidad.

Todavía hoy podemos apreciar que la capacidad productiva, las materias primas, los conocimientos científicos y morales, la formación profesional, la cultura empresarial y del trabajo, las infraestructuras, el derecho, en definitiva, las ruedas del comercio, están ahí, aunque oxidándose por falta de aceite. El dinero ha dejado de circular por el entramado productivo prefiriendo los entresijos financieros y, en vez de tomarse medidas para volver a engrasar y poner en marcha las ruedas del comercio, se está haciendo justo lo contrario. Se están aplicando políticas económicas sustentadas sobre la base de la escasez de los recursos, que no se corresponde del todo con la situación actual, puesto que muchos recursos no han desaparecido, sino que simplemente están ociosos. Se han subido impuestos, recortado gastos y el desempleo se ha disparado, todo muy ortodoxo, con la convicción dogmática de que una «mano invisible», como la definió otro escocés, Adam Smith, restablecerá el equilibrio económico que nos hará salir de la crisis.

Una buena noticia es que, por fin, un organismo internacional, el FMI, ha reconocido el error. Su economista jefe, Olivier Blanchard, el mes pasado suscribió un informe en el que se sostenía sin rubor que «los realizadores de pronósticos subestimaron significativamente el incremento en el desempleo y la caída en el consumo privado y la inversión asociados a la consolidación fiscal » . En julio pasado escribí en esta misma tribuna sobre cómo me traen por la calle de la amargura la osadía y el consistente desacierto de quienes hacen pronósticos, pero es que, en este caso, las consecuencias del error de cálculo rayan el límite de lo tolerable. No sólo hay demasiada gente pasándolo mal por tanta austeridad, sino que el efecto multiplicador de los recortes y de las subidas impositivas ha sido fulminante para la economía. En concreto, por cada euro de consolidación fiscal se ha perdido bastante más de un euro del PIB, ese índice con el que tanto nos gusta medir el bienestar material de nuestra sociedad. La previsión del FMI, realizada con extrapolaciones de datos de años anteriores, determinaba que la pérdida sería la mitad de un euro.

Peor noticia es que el presidente del BCE, Mario Draghi, está siendo víctima de la falacia del costo hundido al manifestar que « la consolidación fiscal emprendida es inevitable, y todos somos conscientes de sus efectos contractivos a corto plazo, pero ahora que tanto se ha hecho no creo que estuviera bien dar marcha atrás», como si los macroeconomistas que hacen de los pronósticos su modo de vida, al igual que los adivinos, supieran cuales van a ser los efectos a largo plazo.

En EE UU han tenido mejor suerte, pues su moneda común, el dólar, respaldada por una política fiscal común, ha permitido a su presidente Barack Obama llevar a cabo políticas de estímulo económico, no exentas de enfrentamientos con los austeros convencidos, que también los hay en su país y que todavía recordaremos durante un tiempo forzando la maquinaria hasta límites teatrales a finales del año pasado. Estas políticas han redundado en un crecimiento, aunque moderado, de su economía, circunstancia de la que no disfrutamos a este lado del Atlántico. En cierto modo, en Europa, el galimatías cultural en el que convivimos mediterráneos y teutones, cada uno con su forma de ser, intereses y circunstancias, acentúa más, si cabe, la imperfección de nuestro euro que no cuenta con una política fiscal común, y limita nuestra capacidad para poder ejec utar políticas de estímulo como en Norteamérica.

Europa necesita más unión y también es momento de apartarse de la ortodoxia y de echar una mano para incentivar la actividad económica, una mano que sea muy visible, con medidas claras y contundentes, que ponga las ruedas del comercio en movimiento, aún a riesgo de generar algún desajuste asumible, inflacionario o no. Maynard Keynes metafóricamente diría que el motor está mejor que nunca y que lo único que necesita es una chispa que lo arranque. Sólo con ello y con altura de miras en los pasillos de Bruselas y Frankfurt, se podrá restaurar la confianza general que precisamos para que el dinero vuelva a fluir por los conductos que retroalimentan la generación de riqueza para todos. De lo contrario, siguiendo sólo por la senda de los recortes puede que, algún día, a alguien le toque cortar el suministro eléctrico que enciende la luz al final del túnel.

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